La ciudad deportiva de Marcovaldo

Jared Velázquez Grunstein[1]

Cuando se vive en una ciudad se hace pertinente la lectura de la compilación de cuentos Marcovaldo, o sea las estaciones en la ciudad, de Italo Calvino. Publicado en 1963, los relatos nos guían a través de los pesares de la vida urbana. Marcovaldo, perteneciente a esa nueva clase social obrera de la posguerra, añora un campo que no conoce. En estas historias, los sinsabores se dibujan con las estaciones del año: el invierno implica reconocer en la madera de las vallas publicitarias leña y el verano dormir en una banca para superar el calor sofocante. Se trata de veinte relatos que se escriben con el criterio temporal de las estaciones y que permiten acercarse a la vida urbana de un hombre por cinco años.

No es difícil sentirse desbordado por una ciudad. El espacio urbano, en su capacidad de delimitación, establece tajantemente ganadores y perdedores. Quizá no hay un mejor arbitro que las ciudades para conocer nuestro más irreflexivo pódium de laureados. Aquí, en los laterales del pedestal, muchos están acostumbrados a perder; en estos estrados inconcretos que existen, según algunos, para premiar protocolos de urbanidad, buenas maneras y éxito, otros sólo reconocen prioridades. Piénsese en la luz citadina: si bien la importancia de las cosas se conoce por aquello que se busca iluminar, lo que permanece a oscuras nos indica también territorios y sujetos políticos. Sólo basta con preguntarle a las mujeres, cuando la ciudad resulta ser un conglomerado sinuoso y violento por falta de alumbrado público.

 Que se oculta o que se resalta en una ciudad no es banal. Marcovaldo encuentra afrentas en rascacielos y en lo que debió ser el impactante arribo de los espectaculares luminiscentes. Estas afrentas cotidianas por la discrepancia campo y ciudad –si bien es incierto el origen campesino del protagonista– son afrentas también no sólo para aquellas primeras personas de campo desplazadas hacia las ciudades; urbanitas de varias generaciones encuentran, ya sin asombro, en la aspereza el criterio para reconocer privilegios o infamias: Cuéntame cómo vives en la ciudad y te diré quién eres.

Pero en medio de las desigualdades, también hay consensos. Efemérides o verbenas parecen borrar aquello que violenta en las urbes porque se pretende igualdad en el festejo. De ahí el uso práctico de los monumentos, pues nos recuerdan que pronto habrá un motivo para celebrar, que el espacio urbano no es motivo de agravio y que el pódium de laureados es sólo una percepción. Puede pensarse así en la irreverencia de los antimonumentos: poco prácticos y más atentos a los perdedores. Pero la fiesta deportiva y el futbol festejan a los ganadores.

Si bien existen algunos equipos de futbol con míticas fundacionales reivindicativas –clubes como el brasileño Corinthians o el mexicano Necaxa–, futbolistas que crean desde exilios resistencias –véase, por ejemplo, a Yevgeny Savin, exfutbolista ruso exiliado en Chipre por su protesta a la invasión de Ucrania y que recién celebra como entrenador que el equipo de futbol que formó, Krasava, ya compite en la primera división de la liga chipriota–, épicas por congruencia como la del corredor Emil Zátopek y ejemplos de reacción política como las de deportistas antivacunas y anticubrebocas, puede hablarse del atleta como un sujeto idealmente apolítico, aunque sería injusto reprocharle falta de compromiso o insipidez.

Existe en el deportista –en el buen deportista– la vocación de aspirar a la más alta moralidad: nos gusta el deporte porque ante el despliegue de destreza y técnica debe ganar el mejor. Nada peor que la constatación de una conducta antideportiva. Allá en donde ganan los tramposos, se nos recuerda la vida afuera de la competencia. Las consecuencias de que no se vea futbol trascienden así lo estrictamente deportivo: en el mejor de los casos vimos un partido aburrido, en el peor, contemplamos cómo se pervirtieron nuestras buenas intenciones.

Porque el deporte es ante todo buenas intenciones. Cuando los jugadores del otro equipo apoyan al futbolista de origen africano que acaba de ser amedrentado con aullidos de simio, se vive por unos momentos el mejor de los mundos posibles. El deportista, el buen deportista, enseña con el ejemplo. Cualquier diferencia es insignificante porque puede dirimirse en el ámbito de la competencia leal. El espíritu deportivo implica que, si bien no en igualdad de condiciones, todos podríamos aspirar a jugar: el deporte se vuelve entonces un ejercicio de civilidad.

Cuando las ciudades buscan la civilidad deportiva y logran albergar nada menos que un Mundial cabe la pregunta de qué hacer ante el pódium de laureados que, de ordinario, niegan. ¿Se espera que la organización y práctica de un deporte sea justo para todos? Porque, cuando se habla de deporte, hay para nuestras ciudades renuncias y cosmética, como si el contraste del correlato de los perdedores de siempre resultara gravoso.

Leo con atención notas periodísticas sobre las protestas de sexoservidoras por la ciclovía de Calzada de Tlalpan –en cierto sentido, un monumento al deporte más que a la movilidad–. Vivimos en una ciudad que decide mostrar o suprimir de acuerdo con lo que se piensa es congruente para una justa; aquí cabría preguntar si el perjuicio está en el sexo o en la transacción: ¿Quién y cómo decide qué hay que ocultar cuando se practica un deporte? La privación puede no ser únicamente una cuestión moral para no perturbaral practicante y al espectador de futbol con la tentación de convenientes arreglos pecuniarios. También puede materializarse de forma más concreta, por ejemplo, a través de agua –o su ausencia–.

En La lluvia y las hojas, Marcovaldo pasea por las calles una maceta del almacén en donde trabaja para aprovechar mejor la temporada de lluvias. La planta en cuestión adquiere proporciones irreales cada que entra en contacto con el líquido vital. No hay amargura en el obrero que riega el peculiar arbusto con la lluvia que cae por los sinuosos caminos de una urbe sin nombre propio: ante el abrupto crecimiento vegetal, no se reconoce ninguna queja. Quizá como homenaje cómico a un Chaplin o a un Keaton, Calvino apenas sugiere la melancolía de Marcovaldo –nunca la protesta social– sobre las frondosas hojas del único contrapunto verde en el concreto.

De la lectura de Marcovaldo, no se infiere ni se percibe un atisbo de reproche; hay en la recolección de setas y en el juego con gatos la esperanza de una vida mejor: si el campo es para Marcovaldo un lugar ideal que permitirá la mejora de sus pulmones, la civilidad deportiva puede procurar igualmente mejores espacios urbanos para todos, siempre y cuando se proporcionen las condiciones del fair play. Pero los vecinos de Santa Úrsula Coapa no han encontrado en el ánimo de Marcovaldo un buen referente ante el problema del agua y han optado por una protesta organizada; dejan para otra ocasión más oportuna una estampa más literaria y menos incómoda, porque tampoco han encontrado un juego justo.

¿Qué pasa si de tanto perder ya no fuéramos merecedores de la civilidad deportiva? Luego de los asesinatos de Renee Good y Alex Pretti por agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas, funcionarios deportivos y diplomáticos sugerían que Estados Unidos no era más un lugar seguro. ¿Era posible entonces que ya no se pueda aspirar a la justa y al juego limpio? ¿Estábamos contemplando que el arrebato de los perdedores por fin se impondría y ganarían? La respuesta de la Unión Europea fue cautelosa y los agravios no resultaron ser para tanto. Habría mundial.

México está acostumbrado a los contrastes entre buenas intenciones deportivas y realidades políticas desde los Juegos Olímpicos y el movimiento estudiantil de 1968, pero los sucesos del 22 de febrero de 2026 –la captura y muerte del líder del cartel Jalisco Nuevo Generación– vuelven a plantear el problema de si se puede albergar el espíritu deportivo y a todos aquellos que cotidianamente pierden en un mismo paisaje urbano. Aquí la realidad no sólo se impuso en las ciudades: el campo y las carreteras vivieron en ese domingo la decepción de perder.

La selección portuguesa, por ejemplo, consideró en algún momento que la disposición mexicana de aceptar ciertas pérdidas ponía en riesgo su seguridad. Nuevamente, para todo sobresalto hay un matiz y fue posible un encuentro previo a la inauguración del Mundial entre las selecciones de Portugal y México el 28 de marzo, en un renombrado estadio que recuerda el poder de los verdaderos árbitros. Ya sea por la resonancia del nuevo nombre del estadio o por las alineaciones de cada equipo que jugaron ese día, hubo un conveniente empate entre el país precavido y el temerario.

Los árbitros plenipotenciarios que cambian realidades geopolíticas tienen prioridades. Ahí donde se hace pertinente que se juegue un partido, se hace necesario que no se reubique otro. La selección iraní ha constado, por ejemplo, el doble rasero de las necesidades de seguridad ignoradas. Perder, como ya se ha escrito, es costumbre para muchos. Hay otros que, de antemano, saben cómo ganar: es un estereotipo la imagen del participante de maratón, casi siempre político, con marcas que no corresponden a los kilómetros recorridos. Para quienes viven cotidianamente fracasos, como Marcovaldo, el juego limpio adquiere una dimensión distinta: consiste en preservarse en la rutina urbana, más allá de la victoria o la visibilidad de la competición o la protesta. Es una civilidad silenciosa y una forma de habitar la ciudad casi imperceptible, pero que permite encarar o pasar por alto las renuncias colectivas. De esta manera, la vida urbana es el escenario donde muchos ejercen, día tras día, la ética del juego justo.


[1] Comunicólogo y analista de políticas públicas, servidor público y aficionado del periodismo narrativo.

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