Karen Sharon Martínez Velázquez[1]
No siempre supe que era feminista, y tampoco siempre quise serlo.
Durante el primer trayecto de mi vida muchas de las cosas que hacía eran nombradas por otras personas como feminismo. Yo no lo veía así. Crecí también educada por una mujer que siempre tenía soluciones, una mujer fuerte que resolvía cualquier situación. Normalicé el poder tener la capacidad de encontrar respuestas y crecí confiada en mis capacidades.
Pero cuando nacieron mis hijas comencé a ver con claridad las complicaciones que significaba tener niñas y formarlas para ser libres en un mundo que constantemente les recuerda que no lo son del todo. Incluso en esos espacios que parecen favorecer la libertad, siempre hay algo que salta desde la realidad y dice entre líneas: sí, puedes… pero te costará más trabajo.
Estas limitaciones aparecen desde lugares aparentemente pequeños: el color que “deben” preferir, los deportes que “les corresponden”, los juguetes en los que pueden verse reflejadas, los modelos que tienen disponibles para imaginarse en el mundo.
Maternar con un discurso de libertad, en una sociedad saturada de mensajes que restringen esa libertad, se convierte en una contradicción cotidiana.
Mis hijas querían ser superheroínas. Pero en ese momento solo existían trajes de superhéroes, y el único traje femenino disponible (el de la Mujer Maravilla) estaba claramente sexualizado. Incluso ellas decían: “Yo no quiero falda, ¿por qué ella solo va en calzones?”
Aquello que para muchos parecía un detalle menor, para mí se convirtió en una pregunta incómoda: ¿por qué incluso las heroínas tenían que verse así?
Ahí comenzaron muchos cuestionamientos, guiada por sus manitas y por sus aspiraciones.
Jugar con carritos, tener un balón, imaginar que podían volar como un superhéroe… parecían juegos simples, pero también abrían preguntas sobre las fronteras invisibles que el mundo les impone a las niñas. Veían caricaturas y se indignaban porque la niña tenía puros peluches en su cuarto, mientras el hermanito tenía trofeos y balones. Preguntas aparentemente pequeñas que en realidad hablaban de algo mucho más grande.
Y fue gracias a ellas que entendí que el feminismo era necesario. No solo para ampliarme la mirada a mí, sino sobre todo para ampliarles el mundo a ellas y sus posibilidades.
Así, con esa claridad de objetivos, fue que me asumí feminista. Con el tiempo descubrí que en este intento de maternar distinto no estaba sola. Había otras mujeres intentando criar de otra manera: madres, tías, abuelas, maestras, mujeres que acompañaban infancias con la intención de ofrecerles un horizonte más amplio. Al mismo tiempo observé algo más complejo: las condiciones sociales no son iguales para todas.
Recuerdo particularmente a una vecina que había decidido ser madre desde el deseo profundo de acompañar a su hija con presencia y amor. Quería estar ahí, criarla con tiempo y cercanía.
Pero al separarse de su esposo (un hombre que no aportaba económicamente ni asumía responsabilidades) comenzó una cadena de obstáculos que parecían no tener fin y que además tenían la capacidad de reproducirse en las otras generaciones que apenas crecían.
El juicio por pensión alimenticia avanzaba lento, entre trámites y revictimización. Mientras tanto, la vida cotidiana seguía su curso. Las cuentas llegaban, la comida había que ponerla en la mesa y el tiempo no esperaba. Mi vecina tuvo que aceptar un trabajo que la mantenía fuera de casa casi todo el día. La niña quedó al cuidado de su abuela. Pero la abuela no compartía la idea de crianza que la madre había imaginado. Desde su visión, la separación había sido un error. Su hija debía haber aguantado al hombre que eligió, aunque fuera alcohólico o infiel.
“Es tu cruz, esa es la cruz de las mujeres”, le decía.
Así, mi vecina no solo enfrentaba el abandono del padre de su hija o la lentitud de un sistema judicial que no parecía tener prisa por garantizar los derechos de la niña. También tenía que cargar con la culpa social que suele recaer sobre las mujeres que deciden romper una relación.
Mientras ella trabajaba largas jornadas, la niña aprendía otras lecciones: Que no podía jugar fútbol con los niños de la cuadra porque era niña, debía ayudar con los quehaceres mientras los demás jugaban. Que su cuerpo era frágil, yo lo notaba, eso no era nada de lo que su madre había imaginado cuando soñó con traerla al mundo.
Comencé a preguntarme:
¿De quién es la culpa? ¿De la madre que decidió separarse? ¿De la abuela que repite lo que aprendió? ¿Del hombre que evade su responsabilidad? ¿O de un sistema que permite que todo esto ocurra sin consecuencias?
Tiempo después supe que otra joven de esa misma familia (una adolescente) estaba embarazada. Tenía 16 o 17 años. Su pareja era un hombre de unos 40 años que en algún momento había sido su maestro. Para sorpresa de nadie, él no quería hacerse responsable.
La familia, en cambio, sí tenía claro quién debía cargar con las consecuencias: la adolescente. La obligaron a continuar con el embarazo. La responsabilizaron del “error”. Nadie se preguntó por el adulto que había cruzado todos los límites con plena conciencia. Sin embargo, esas relaciones entre hombres mayores y adolescentes embarazadas (sobre todo cuando se trata de maestros) parecían ser algo normalizado en su comunidad.
Tampoco hubo espacio para hablar de educación sexual, de consentimiento o de métodos anticonceptivos. Esos temas simplemente no existían en las conversaciones familiares.
Mucho menos se habló de otra posibilidad: la interrupción legal del embarazo. La decisión sobre el cuerpo de esa joven no parecía pertenecerle a ella, sino al juicio moral de quienes la rodeaban. Años después supe algo más. La hija de mi vecina había tenido que dejar la escuela para cuidar a su abuela enferma. La historia parecía repetirse. El tiempo de las mujeres seguía estando disponible para cuidar a otros.
Mientras tanto, el padre biológico continuaba su vida con absoluta normalidad. Nunca asumió responsabilidades, pero sí apareció una vez para golpear a la madre cuando supo que ella tenía una nueva pareja. Nadie lo detuvo. Nadie lo obligó a responder. Y como muchos, camina por la vida con impunidad. Entonces las preguntas vuelven:
¿Quién es responsable de esta situación? Cuando observamos estas historias con atención dejan de ser casos aislados. Se convierten en piezas de un mismo entramado.
Ser mujer y separarse teniendo hijos muchas veces significa precariedad. Significa trabajar más horas, tener menos tiempo para criar, depender de redes familiares que no siempre comparten las mismas ideas y ver cómo las oportunidades de las infancias (y de sus madres) se reducen. Significa también enfrentarse a sistemas judiciales lentos, instituciones que no acompañan y discursos sociales que siguen culpando a las mujeres por las decisiones que toman para sobrevivir.
¿Qué habría pasado si esa misma mujer hubiese vivido en un país con políticas públicas más sólidas? Si existieran mecanismos eficaces para garantizar la pensión alimenticia, redes de cuidado accesibles, educación sexual integral y una justicia que no normalizara la impunidad.
Quizá la historia habría sido distinta. Tal vez esa niña habría tenido más tiempo para imaginar quién quería ser.; ¿Arquitecta? ¿Maestra? ¿Enfermera? No lo sabemos.
Las desigualdades también se sostienen en pequeñas prácticas cotidianas que a veces no percibimos, pero que terminan produciendo grandes atrasos sociales. Ese conjunto de pequeñas acciones y grandes omisiones forma la estructura que conocemos como orden patriarcal, algo que escuchamos con frecuencia pero que quizá todavía hace falta comprender con mayor profundidad. Y es esa normalización la que provoca que cada 8 de marzo muchas personas se pregunten por qué las mujeres salen a las calles, por qué hay pintas, por qué se rompen vidrios.
Son expresiones de hartazgo frente a un sistema que exige cambios en las mujeres (que se eduquen más, que trabajen más, que se cuiden más, que denuncien) mientras las instituciones siguen siendo lentas, omisas, indolentes y revictimizantes. ¿cómo se cumplen tantas demandas con tan pocas herramientas?
Romper estos complejos ciclos no es una tarea individual. Es, una responsabilidad colectiva. Pero, sobre todo, INSTITUCIONAL.
¿Dónde está el Estado cuando todas estas situaciones ocurren y se repiten?
Pienso entonces en mis hijas. En las preguntas que me hicieron cuando notaban que el mundo parecía tener reglas distintas para ellas. Y entiendo que el feminismo, para muchas de nosotras, no comenzó en un libro ni en una consigna. Comenzó en la vida cotidiana. En las preguntas de nuestras hijas. En las historias de nuestras vecinas. En las injusticias que empezamos a mirar con otros ojos.
Quizá por eso cada 8 de marzo, para nosotras no es solo una fecha en el calendario. Es un recordatorio de todo lo que aún falta por transformar para que las niñas que hoy crecen (las nuestras y las de otras) puedan imaginar su futuro sin que el mundo les imponga límites antes siquiera de intentarlo.
[1] Soy feminista tlaxcalteca, madre de dos hijas y psicóloga. Funcionaria pública en la Secretaría de Bienestar de Tlaxcala, con interés en el análisis de datos para entender las realidades sociales. Me gusta el diálogo cercano, reflexionar sobre nuestro entorno y acompañarlo con una buena taza de café
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