Mtra. Elizabeth Hernández Loyola[1].
El pasado 8 de marzo fue un día profundamente oscuro para el estado de Morelos. Los feminicidios de Kimberly Joselin Ramos y Karol Toledo, estudiantes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), han dejado una herida abierta en sus familias, en la comunidad universitaria y en toda la sociedad morelense. El dolor ha marcado a quienes las conocieron, pero también ha movilizado al estudiantado que hoy se organiza y alza la voz para exigir justicia a las instituciones públicas que deberían garantizar seguridad.
Resulta imposible dimensionar la pena que embarga a las familias de las víctimas. En un día que parecía común -un día más de clases, de rutina, de proyectos…- a sus hijas les fue arrebatado el derecho más fundamental de todos: el derecho a la vida. Dos jóvenes que, como miles de estudiantes en el país, acudían a su espacio universitario con la esperanza de construir un mejor futuro.
Sin embargo, incluso frente a la tragedia, en redes sociales han surgido voces que buscan responsabilizar a las propias víctimas o a sus familias. Comentarios que cuestionan por qué “no se dieron cuenta a tiempo” o por qué “no cuidaron con quién se juntaban”. Estas narrativas, lejos de contribuir a comprender la violencia, revictimizan con una profunda falta de empatía e indolencia. Se trata de discursos que trasladan la responsabilidad al ámbito individual, como si se tratara de decisiones personales aisladas, cuando la violencia contra las mujeres responde a un fenómeno estructural mucho más complejo.
La realidad es que los agresores no se presentan diciendo: “soy un agresor”. Con frecuencia son personas aparentemente amables, integradas en la vida cotidiana, a quienes se percibe como “normales”. Precisamente ahí radica uno de los problemas centrales: la violencia de género no es visible en sus primeras manifestaciones. Los agresores son producto de una estructura social que ha normalizado relaciones de poder profundamente desiguales entre hombres y mujeres.
Por eso es importante nombrar esa superestructura: el patriarcado. Este concepto permite entender que la violencia no surge únicamente de decisiones individuales, sino de un sistema histórico que ha organizado la vida social a partir de jerarquías de género. El patriarcado no es una abstracción lejana; se expresa en prácticas cotidianas, en la distribución desigual del poder, en las expectativas sociales sobre hombres y mujeres, y en la forma en que se normalizan diversas formas de violencia.
Precisamente esas expectativas de género son las que hoy impactan de manera profunda a nuestras juventudes. Nos encontramos ante una preocupante regresión a los roles tradicionales, donde buena parte del debate en redes sociales se ha centrado en conceptos como las “energías masculinas y femeninas”, los “hombres proveedores” o los “hombres que resuelven”. Estas narrativas refuerzan una lógica relacional desigual: el hombre aparece como quien da y sostiene, mientras la mujer es colocada en el lugar de quien recibe.
En este contexto emergen también nuevas formas de explotación del cuerpo de las mujeres en plataformas digitales. La exposición del cuerpo femenino como objeto de consumo colectivo se presenta, paradójicamente, como “empoderamiento”. Sin embargo, esta narrativa reproduce dinámicas de cosificación que históricamente han limitado la libertad y la dignidad de las mujeres. Estas prácticas reafirman la idea de que el valor social de las mujeres sigue estando ligado a su apariencia y a la disponibilidad de sus cuerpos para la mirada pública.
Bajo esta lógica, los agresores no se construyen de manera aislada, sino en lo colectivo, dentro de una estructura social que les otorga privilegios y normaliza la violencia ante la mirada complaciente de quienes la reproducen y de quienes la toleran.
Por esta razón, los conceptos desarrollados desde el feminismo han sido clave para poner nombre a estas violencias. Durante décadas, numerosas experiencias de violencia fueron invisibilizadas porque carecían de un lenguaje que permitiera identificarlas. Nombrar las cosas no es un simple ejercicio teórico: es un acto político. Cuando una violencia se nombra, se vuelve visible y puede colocarse dentro de la agenda pública.
Comprender que tanto hombres como mujeres hemos sido socializados dentro de una lógica patriarcal también permite identificar el origen de muchas violencias. Esta forma de socialización reproduce roles, expectativas y relaciones de poder desiguales que, si no se transforman desde su raíz, continúan generando expresiones extremas de violencia como: la pederastia, la trata de personas, los matrimonios forzados o, en su forma más brutal, el feminicidio.
Porque detrás de cada feminicidio no hay sólo un agresor, existe una sociedad patriarcal que reproduce, normaliza y sostiene todas las formas de violencia.
[1] Feminista, Politóloga por la Universidad Nacional Autónoma de México, Maestra en Políticas Públicas Comparadas por Flacso México. Mi pasión es ser mamá.
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